En 1803, se incorporó como actriz sustituta en la compañía del Teatro del Príncipe de Madrid, un papel que inicialmente no parecía prometerle un futuro brillante. Sin embargo, su talento no pasó desapercibido para el empresario teatral Juan Grimaldi, quien reconoció su potencial y, años después, la hizo debutar como dama joven de la compañía, marcando así el inicio de su ascenso en la escena.
El verdadero reconocimiento llegó entre 1835 y 1848, cuando se unió a la compañía de Matilde Díez y Julián Romea, dos de los actores más destacados de la época. Dentro de esta compañía, la actriz se especializó en roles de carácter, interpretando personajes en obras de autores de renombre como Leandro Fernández de Moratín y Bretón de los Herreros. Su habilidad para encarnar estos personajes la consolidó como una de las actrices más respetadas y admiradas del teatro español de su tiempo.
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