Salvador Sánchez Povedano, conocido en la historia popular como «Frascuelo» (1842–1898), fue uno de los matadores de toros más legendarios y carismáticos de la España del siglo XIX. Su figura encarnó de forma mítica el valor absoluto, la sobriedad y una inquebrantable «vergüenza torera» que le llevó a convertirse en un auténtico ídolo de masas.
Nacido en la localidad granadina de Churriana de la Vega, tuvo una infancia marcada por la pobreza y la orfandad, lo que le obligó a trasladarse a Madrid y trabajar en diversos oficios humildes antes de dedicarse por entero al mundo de los ruedos. Tras un duro aprendizaje en capeas y novilladas de pueblo, tomó la alternativa en la plaza de Madrid en 1867. A partir de ese momento, su carrera artística quedó indisolublemente unida a la de su gran contemporáneo, el cordobés Rafael Molina «Lagartijo».
La competencia entre ambos matadores dio lugar a una de las épocas doradas de la tauromaquia, dividiendo apasionadamente al país entre «lagartijistas» (partidarios de la gracia, la elegancia y el estilo de Córdoba) y «frascuelistas» (devotos del dramatismo, el despliegue físico y la temeridad de Granada). Frente al clasicismo de su rival, Frascuelo oponía una entrega trágica y una forma de entrar a matar de frente y a cuerpo limpio que le costó numerosas y gravísimas cornadas de las que siempre lograba reponerse a base de pundonor.
Tras una exitosa y dilatada trayectoria, se retiró de los ruedos con los máximos honores en 1890, dejando tras de sí una profunda huella en la cultura popular española y un modelo de valor heroico que inspiraría a las futuras generaciones de toreros hasta su fallecimiento en Madrid en 1898.